Yuki nunca destacó en el Clan de la Sombra Nocturna. Era el tipo de ninja que cumplía órdenes, no cometía errores graves… y tampoco lograba nada memorable. Por eso, cuando el Maestro lo llamó a solas y le dijo que tenía una “misión de incógnito de máxima importancia”, sintió un raro orgullo.
—Irás solo a la mansión principal del Clan del Loto Carmesí —explicó el Maestro—. Debes infiltrarte. Para eso beberás esta poción. Te transformará en mujer durante el tiempo que dure la misión. Es temporal. Cuando termines, volverás a ser tú. ¿Entendiste?
Yuki miró el frasco azul brillante. No preguntó por qué él, “el mediocre”. Solo asintió.
Se bebió la poción de un trago.
El dolor fue inmediato. Su pecho ardió como si le estuvieran clavando agujas candentes. Sus caderas crujieron y se ensancharon. Su pene se retrajo, se hundió, se convirtió en una raja húmeda y sensible. El cabello se le volvió blanco como la nieve y le cayó hasta los hombros en un corte femenino perfecto. Cuando se miró al espejo, ya no era Yuki. Era una mujer de senos enormes, caderas anchas, muslos gruesos y ojos rojos brillantes. El cuerpo le temblaba de sensibilidad.
Le entregaron un kimono azul corto y una máscara negra.
—Ve. No falles.
Así se veía aún con restos de su identidad masculina, justo antes de cruzar el umbral de la mansión enemiga.
Cuando llegó a la casa principal del Clan del Loto Carmesí, dos guardias lo esperaban. No lo atacaron. Sonrieron. Lo hicieron pasar. Lo llevaron hasta el salón principal donde el Señor del Clan, un hombre alto, musculoso, con cicatrices, lo esperaba rodeado de varios ninjas.
—Así que llegaste, Yuki… o debería decir Yukiko —dijo el hombre con una sonrisa cruel—. Tu clan te vendió. La “misión” era una mentira. La poción no es temporal. Eres nuestra ahora. Nuestra hembra. Nuestra puta.
Yuki (ahora Yukiko) abrió la boca para gritar, pero ya era demasiado tarde.
La bienvenida empezó así: tres pares de manos le abrieron el kimono de un tirón y le apretaron las tetas nuevas hasta hacerle soltar un gemido agudo. No le dieron tiempo a procesar. La empujaron al centro del salón, le bajaron el resto de la ropa listos para usarla mientras ella miraba con terror lo que le esperaba.
El primero le metió la polla en la boca mientras otro le abría las piernas y le embestía el coño recién formado. El tercero le apretaba las tetas y le mordía los pezones. Yuki lloraba, se resistía, el cuerpo traicionándola: cada embestida hacía que su nuevo coño chorreara. Se corrió por primera vez como mujer mientras le llenaban la garganta de semen.
Después de la primera ronda la dejaron en el suelo del pasillo, el kimono abierto, las piernas temblando, el coño goteando. Así la encontraron varios más que pasaban. Cada uno se detuvo a usarla un poco antes de seguir su camino.
A la mañana siguiente le dieron sus nuevas tareas.
—Harás la comida. Limpiarás el dojo. Y cuando lleguen los nuevos reclutas… serás su recompensa de iniciación.
La primera vez que salió a cumplir órdenes todavía intentaba mantener algo de dignidad. Duró poco.
Limpiar el dojo se convirtió en su rutina más humillante. Le daban un trapo, un balde y le ordenaban fregar de rodillas, el kimono subido hasta la cintura, el culo al aire. Cada vez que alguien entraba, se detenía detrás de ella, le abría las nalgas y la follaba mientras ella seguía fregando.
Así pasaba las mañanas: el sonido de la madera siendo fregada mezclado con el chapoteo de una polla entrando y saliendo de su coño. A veces se corrían dentro. A veces le llenaban la boca. Ella solo podía seguir limpiando, las tetas balanceándose, el vientre empezando a sentirse pesado de tanto semen.
Por las tardes cocinaba arrodillada en la cocina, el kimono siempre abierto. Los hombres del clan pasaban, le metían los dedos, le chupaban los pezones o la obligaban a chuparlos mientras removía la olla teniendo prohibido desperdiciar una gota de su alimento.
Pero la verdadera y peor “tarea especial” era la iniciación de los nuevos reclutas.
La primera vez la ataron en el centro del dojo. Cuerdas en los pechos, en las muñecas, en los tobillos. Mordaza roja. La dejaron allí mientras los nuevos reclutas entraban uno por uno. Cada uno la usaba como quería: en el coño, en el culo, en la boca. Algunos se turnaban. Otros la follaban entre dos. Cuando terminaron, el suelo debajo de ella era un charco de semen blanco y espeso. La dejaron así horas, goteando, hasta que el lider del Clan llegó y la folló una vez más “para sellar” la iniciación.
Y entonces llegó la parte final de su nuevo destino.
—También serás nuestra reproductora —le anunció el Señor una noche mientras la tenía montada a horcajadas—. Voy a llenarte de hijos. Futuros guerreros del Loto Carmesí. Tu útero ahora pertenece al clan.
Esa misma noche la folló sin protección, profundo, sin parar, hasta que le inyectó carga tras carga. Yukiko gritó cuando sintió el calor espeso llenándole el vientre, sin poder moverse por los guardias que le sostenían las piernas, El líder del clan no se detuvo. La usó toda la noche.
Al amanecer su coño era un desastre blanco y su vientre ya se notaba ligeramente hinchado.
Las semanas siguientes fueron un constante ciclo de uso y llenado.
La follaban en grupo casi a diario. El líder del clan siempre se aseguraba de ser el último en corrérsele dentro. Su vientre con el tiempo creció. Primero un bultito suave. Luego una curva evidente. Después un vientre redondo y pesado que le hacía caminar diferente.
Cuando el embarazo se hizo imposible de ocultar, el clan la obligó a seguir con sus tareas. Limpiaba el dojo con la panza rozando el suelo. Cocínaba con las tetas hinchadas y goteando leche. Y cuando llegaban nuevos reclutas, la ataban igual… solo que ahora extraían su leche materna al mismo tiempo, el vientre se interponía y a los hombres les excitaba aún más follar a la puta preñada del clan.
En los últimos meses el lider la follaba casi todos los días “para mantener el útero activo”. Yukiko ya no protestaba. Su cuerpo había aprendido a correrse cada vez que le llenaban el coño. La leche le chorreaba sola. El vientre se movía con las patadas de los futuros guerreros.
Una de las últimas noches antes del parto la usaron entre varios. Le sostenían las piernas abiertas mientras el Señor la embestía y los demás le llenaban la boca y las manos. Ella solo podía gemir y apretar el vientre enorme, sintiendo cómo el semen fresco se mezclaba con el que ya tenía dentro.
Y cuando por fin dio a luz (gemelos, fuertes, sanos), el clan no la dejó descansar.
8 meses después.
Apenas se recuperó, el Señor la volvió a llenar. Ahora Yukiko camina por los jardines de la mansión con la panza otra vez crecida, el kimono azul ceñido bajo los senos, sonriendo con los ojos rojos brillantes. Los nuevos reclutas la saludan con respeto… y con hambre. Ella ya no es Yuki. Es la puta reproductora del Clan del Loto Carmesí. La que limpia, la que cocina, la que se deja atar y follar, y la que da a luz a los futuros guerreros.
Su antigua vida como ninja mediocre quedó atrás para siempre.
Y cada noche, cuando el líder la monta y le susurra al oído “buena chica… sigue criando para el clan”, Yukiko solo puede apretar las piernas alrededor de su cintura y gemir:
—Sí… mi Señor.
Fin.
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Hola mis lectores, aquí Jessica Jan vez más con una nueva historia,espero la disfruten, la imágenes fueron creadas por la increíble Levi como siempre, vallan a darle amor a su blog y también quiero darle las gracias al blod de TG universe, ya que tomo mi idea del TG october que nunca termine jsjs, y le estaba quedando increíbles, vayan y denle una mirada a su trabajo, está en mi lista de blogs, y sin más por el momento me despido, estaré leyendo a mis fans que comenten 💜
















